Vuelve la racionalidad a Australia mientras disminuye el alarmismo climático

Vuelve la racionalidad a Australia mientras disminuye el alarmismo climático

El experimento australiano con la energía “verde” ha dejado a millones de ciudadanos con una red eléctrica inestable, convirtiéndose en un caso de estudio sobre cómo la lealtad ciega al dogma climático conduce al caos económico y social.

Climate Intelligence (Clintel) is an independent foundation informing people about climate change and climate policies.

Vijay Jayaraj 
Fecha: 6 de diciembre de 2025

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La antaño sagrada promesa de cero emisiones netas ha quedado al descubierto como una maldición que ha generado indignación pública, serias advertencias por parte de la industria y un replanteamiento de la política energética nacional. Las grietas en el supuesto consenso sobre el calentamiento global de origen humano se están ensanchando.

La semana pasada, el Partido Nacional de Australia rompió por fin el hechizo. Al votar de manera unánime a favor de abandonar el objetivo de cero emisiones netas para 2050, los miembros del partido dieron el primer paso en una rebelión contra la agenda “verde”, declarando que la energía barata y fiable debe venir antes que la ideología climática. Ante una red eléctrica debilitada, industrias que cierran y un electorado enfadado, el partido dijo lo obvio: “Necesitamos priorizar una energía más barata”.

El 13 de noviembre, el Partido Liberal siguió los pasos de los Nacionales y revirtió también su compromiso con el objetivo de cero emisiones netas para 2050. “Nuestros objetivos de reducción de emisiones nunca irán en detrimento de las familias australianas, y este es el principio que guiará cada decisión que tomemos”, afirmó Sussan Ley, líder de los Liberales, el principal partido de la oposición.

Estas decisiones no surgieron de la nada. Son la reacción natural a años de imprudencia que desmontaron un sistema energético estable y lo sustituyeron por ilusiones. Las tecnologías eólica y solar no han ofrecido ni la asequibilidad ni la fiabilidad que prometieron sus defensores.

Los precios de la electricidad en los hogares australianos son actualmente un 45 % más altos que en Estados Unidos. Las facturas se han incrementado hasta en 526 dólares por hogar. ¿Por qué soportar esto cuando las centrales de carbón y gas natural garantizaban antes un suministro asequible?

Los gobiernos relegaron estas fuentes tachándolas de obsoletas, mientras que los aerogeneradores sólo podían funcionar menos de la mitad del tiempo que las fuentes convencionales, y los paneles solares menos de una cuarta parte. Estas cifras revelan la verdad: la energía eólica y solar intermitente no puede sostener una economía moderna.

El almacenamiento en baterías —proclamado como el “salvador” de la energía eólica y solar— tampoco ha cumplido con las expectativas. Mega-proyectos emblemáticos como el sistema hidroeléctrico por bombeo Snowy 2.0 han sufrido sobrecostes, retrasos y dificultades técnicas. Lo que empezó como un proyecto de 2.000 millones de dólares ya supera los 12.000 millones, con desastres en túneles y contratiempos técnicos que ponen en duda su finalización.

El Page Research Centre (PRC) del Territorio de la Capital Australiana afirma que el compromiso con el cero neto ya no sirve a los intereses de los australianos. Señala que los precios de la electricidad y el gas han aumentado alrededor de un 40 % desde que el país adoptó el objetivo de “descarbonización”. “Los hogares de menores ingresos ya gastan casi cuatro veces más proporción de sus ingresos en energía que los hogares de mayores ingresos, lo que convierte la asequibilidad en una cuestión no sólo económica sino también de equidad”, afirma el PRC.

Una evaluación del propio PRC muestra también que la carga fiscal de las políticas verdes es considerable: “Entre el Capacity Investment Scheme, Rewiring the Nation, las subvenciones al hidrógeno y los programas estatales de SuperGrid, la exposición pública total al gasto alineado con el cero neto supera los 120.000–140.000 millones de dólares”.

Las industrias son las que más sufren este caos. La fundición de aluminio Tomago, la mayor de Australia, advierte de su posible cierre si no consigue un acuerdo energético viable, ya que los contratos actuales expiran en medio de precios inasumibles. Tomago emplea a miles de personas, pero los altos costes de la red hacen insostenible su operación.

BlueScope Steel informó de una caída del 90 % en sus beneficios en 2025, culpando a unos costes energéticos entre tres y cuatro veces mayores que en Estados Unidos. Industrias que antes prosperaban gracias al carbón barato ahora exigen subsidios o enfrentan el cierre, acelerando la desindustrialización.

Federaciones agrarias y consejos empresariales han advertido de que la política energética actual pone en riesgo la competitividad nacional. El empresario Dick Smith —considerado por muchos un tesoro nacional— condenó recientemente las “mentiras” que demonizan los combustibles fósiles y fomentan el miedo al cambio climático.

Australia puede recuperar su soberanía energética invirtiendo en lo que funciona: carbón, gas natural y energía nuclear. Las modernas centrales de carbón, con tecnología de alta eficiencia y bajas emisiones, producen una fracción de las emisiones de las plantas antiguas y proporcionan energía base estable. El gas sigue siendo indispensable para equilibrar la oferta y la demanda.

La energía nuclear, durante mucho tiempo demonizada por los grupos verdes, ofrece una fiabilidad inalcanzable para cualquier instalación solar. Sin embargo, siguen existiendo barreras regulatorias. Gobiernos sucesivos han prohibido la energía nuclear desde 1998, incluso mientras aliados como EE. UU., Francia y Japón amplían sus flotas. La prohibición resulta hoy más absurda que nunca.

El abandono del cero neto por parte del Partido Nacional señala una rebelión más amplia. Las ramas estatales de Queensland, Australia Occidental y Australia Meridional ya habían rechazado el objetivo, aumentando la presión sobre los líderes federales. Incluso medios de comunicación convencionales que antes promovían las narrativas “verdes” están empezando a cuestionar su validez.

La conversación ha pasado de preguntar “con qué rapidez” descarbonizar a plantearse si “tiene sentido” hacerlo.

Climate Intelligence (Clintel) is an independent foundation informing people about climate change and climate policies.

Este comentario fue publicado por primera vez en RealClear Markets el 4 de diciembre.

(Traducido al español para Clintel Foundation por Tom van Leeuwen.)

Vijay Jayaraj

Vijay Jayaraj es asociado de Ciencia e Investigación en la CO₂ Coalition, Fairfax (Virginia). Tiene un máster en ciencias ambientales por la University of East Anglia y un posgrado en gestión energética por la Robert Gordon University, ambos en el Reino Unido, además de una licenciatura en ingeniería por la Anna University, India.

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By |2025-12-11T12:58:52-08:0011 December 2025|Climate Change|0 Comments

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