El pesimismo nunca pasa de moda

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El pesimismo malthusiano nunca pasa realmente de moda; simplemente cambia de vestuario. Donde el Club de Roma tenía computadoras centrales y diagramas de dinámica de sistemas, el Potsdam Institute for Climate Impact Research (PIK) tiene modelos del sistema terrestre y un sitio web con la marca “Planetary Health Check”. La elección que se ofrece, entonces como ahora, es la misma: o la humanidad abandona la civilización industrial o se enfrenta al Armagedón.

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Límites planetarios y Planetary Health Check del PIK

Fuente: Shutterstock

Clintel Foundation
1 de octubre de 2026

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El 21 de septiembre, el Potsdam Institute for Climate Impact Research (PIK) publicó su Planetary Health Check de 2026, un informe anual que ahora, según se nos dice, es elaborado por más de 60 científicos. The Guardian informó, como siempre hace, del veredicto con la gravedad que aparentemente exigía la ocasión: los sistemas planetarios de soporte vital de los que depende la humanidad se han deteriorado hasta alcanzar sus peores niveles jamás registrados, y siete de los nueve “límites planetarios” han sido rebasados, alcanzando sus “niveles de transgresión más altos jamás registrados”.

Los siete límites transgredidos, nos dice el PIK, son el cambio climático, la integridad de la biosfera, el cambio del sistema terrestre, el cambio del agua dulce, los flujos biogeoquímicos, las nuevas entidades y la acidificación de los océanos. Solo el ozono estratosférico y la carga de aerosoles atmosféricos permanecen, por ahora, dentro de los límites. Tras emitir este veredicto, los sesenta coautores del PIK extienden la tradicional dosis de misericordia propia del género apocalíptico: la salvación sigue siendo posible, siempre y cuando la humanidad acelere las medidas para “regresar al espacio operativo seguro” y así garantizar una “prosperidad futura compartida”. Es una fórmula tan antigua como el propio género: diagnosticar una catástrofe civilizatoria y luego ofrecer la cantidad justa de esperanza para mantener al lector pasando las páginas o, mejor aún, financiando al instituto.

Estos ciclos de fatalidad se repiten regularmente (¿alguien recuerda el informe de 1972 del Club de Roma, Limits to Growth?). El informe del PIK es simplemente la última entrega. Merece ser leído detenidamente, no porque su ciencia sea convincente, sino porque su maquinaria retórica —la apelación al consenso, la confusión entre juicios de valor y mediciones y el uso de “puntos de inflexión” pseudocientíficos— está ahora tan profundamente arraigada en el discurso político occidental que ha impulsado billones de dólares en inversiones y regulaciones.

Nueve límites, una gran suposición

El marco de los “límites planetarios”, propuesto por primera vez en 2009, sostiene que nueve procesos interconectados del sistema terrestre deben permanecer dentro de unos “límites seguros” definidos para preservar la estabilidad planetaria. Es una idea seductora: un único panel de control, nueve indicadores y una lectura sencilla de la calificación de la humanidad. El problema es que estos “indicadores” carecen de contenido científico. Como señaló el Breakthrough Institute en su detallada revisión de los fundamentos científicos del concepto, la gran mayoría de los nueve límites —el cambio del sistema terrestre, la integridad de la biosfera, los flujos de nitrógeno y fósforo, el uso de agua dulce, la carga de aerosoles y las nuevas entidades— no tienen ningún “punto de inflexión” biofísico global identificado.

El cambio climático y la acidificación de los océanos son, nominalmente, las excepciones, en el sentido de que ambos tienen factores físicos genuinamente globales; pero un factor global no es lo mismo que uno catastrófico y cuantificado con precisión. Richard Lindzen, del MIT, ha sostenido durante mucho tiempo que el aproximadamente 1 °C de calentamiento observado desde la era preindustrial es compatible con una sensibilidad climática ante una duplicación del CO2. Esto se encuentra muy por debajo del rango incorporado en los modelos de los que dependen el PIK y el IPCC y encaja cómodamente dentro de los límites de la variabilidad climática natural.

La acidificación de los océanos no resiste mejor el escrutinio: el pH promedio de la superficie oceánica, que sigue siendo claramente alcalino, en torno a 8,1, ha disminuido aproximadamente 0,1 unidades desde la industrialización; un cambio que, como muestran los estudios de campo sobre la variabilidad natural del pH documentados por Matt Ridley, queda eclipsado por las variaciones que los arrecifes y los sitios de mar abierto ya experimentan en un solo día o durante una misma estación. Ninguno de los dos supuestamente rigurosos límites del PIK impulsados por factores globales resiste el contraste con los datos subyacentes apreciablemente mejor que los otros siete.

Un único número global para un proceso que opera localmente no es una medición científica. Es un juicio de valor arbitrario presentado con la autoridad de un umbral medido. Además, todo el marco trata el Holoceno —el intervalo climático de aproximadamente 12 000 años transcurrido desde la última era glacial— como el único y verdadero “espacio operativo seguro” para la humanidad, como si cualquier desviación respecto de las condiciones de referencia del Holoceno fuera inequívocamente catastrófica. Sin embargo, como han señalado desde hace tiempo los críticos del concepto, muchos de los cambios que el PIK ahora denomina “transgresiones” —el uso ampliado de fertilizantes, la conversión de tierras para la agricultura, la extracción de agua dulce y el aumento del CO2 atmosférico— son precisamente los que hicieron posible la agricultura a gran escala, la alimentación de masas y el extraordinario aumento del bienestar humano durante los últimos dos siglos. Existe sorprendentemente poca evidencia de que superar cualquiera de las cifras elegidas por el PIK produzca un colapso repentino de la habitabilidad a escala planetaria.

Consideremos la métrica climática principal del informe: el límite de 350 partes por millón de CO2. Esta cifra no surgió de un proceso de consenso del IPCC. Se originó en el artículo de James Hansen de 2008 y fue incorporada íntegramente a la arquitectura de los límites planetarios. Lo que el enfoque basado en la “transgresión” omite es el registro geológico: durante la mayor parte de los últimos 500 millones de años, el CO2 atmosférico se mantuvo en niveles varias veces superiores al nivel actual, y la vida no solo sobrevivió a esas eras, sino que prosperó durante ellas.

Los propios datos satelitales de la NASA lo confirman ahora: un estudio pionero financiado por la NASA atribuye directamente al aumento del CO2, que fertiliza el crecimiento de las plantas, la mayor parte del reverdecimiento global observado desde la década de 1980 —una nueva cobertura vegetal equivalente a dos veces la superficie de los Estados Unidos continentales—. El físico de Princeton William Happer, en su testimonio escrito ante el Bundestag alemán, ha ido más lejos, argumentando que las concentraciones de CO2 han sido, de hecho, peligrosamente bajas durante gran parte del pasado geológico reciente, y que un aumento adicional del CO2 supone un beneficio neto para la agricultura, la silvicultura y la vida fotosintética en general. Nada de esto encaja con el enfoque de una “transgresión masiva y peligrosa”.

Los Límites del crecimiento, otra vez

Nada de esto es nuevo. El “chequeo de salud planetaria” del PIK se inscribe plenamente en la tradición del informe de 1972 del Club de Roma The Limits to Growth, que ejecutó un modelo informático de cinco variables globales interrelacionadas —población, agricultura, recursos, producción industrial y contaminación— y concluyó que el crecimiento sin control chocaría con los límites de los recursos naturales en cuestión de décadas. Los supuestos arbitrarios del modelo produjeron conclusiones arbitrarias, revestidas de la autoridad prestada de la ciencia de sistemas y del modelado informático. Los economistas de la época destrozaron el ejercicio, calificándolo de un elaborado aparato que ocultaba afirmaciones imposibles de refutar.

El pesimismo malthusiano, en otras palabras, nunca pasa realmente de moda; simplemente cambia de vestuario. Donde el Club de Roma tenía computadoras centrales y diagramas de dinámica de sistemas, el PIK tiene modelos del sistema terrestre y un sitio web con la marca “Planetary Health Check”. La elección que se ofrece, entonces como ahora, es la misma: o la humanidad abandona la civilización industrial o se enfrenta al Armagedón. Ya he escrito anteriormente sobre cómo este enfoque ha reaparecido en el movimiento contemporáneo del “decrecimiento”, que disfraza el mismo instinto contrario al crecimiento con el lenguaje más comercial de la “economía del bienestar” y los límites planetarios. El informe del PIK es simplemente el andamiaje de apariencia científica sobre el que se construye ese proyecto político.

Sesenta científicos, cero falsabilidad

Existe una vieja historia, probablemente apócrifa, sobre Albert Einstein. Al enfrentarse a un panfleto titulado 100 Authors Against Einstein, que denunciaba la teoría de la relatividad, se dice que comentó que, si estuviera equivocado, un solo científico con pruebas habría sido suficiente. La anécdota perdura porque capta algo cierto sobre la ciencia: la autoridad basada en el número de personas no es evidencia. Que 60 coautores del PIK firmen un informe demuestra un consenso institucional, no una hipótesis comprobada y falsable. La ciencia, como argumentó Karl Popper, avanza mediante la formulación de hipótesis que, en principio, puedan demostrarse falsas y luego intentando rigurosamente demostrar que lo son; no mediante la formación de comités de consenso cada vez más grandes. Una mayoría de científicos de acuerdo ya se ha equivocado en el pasado; la visión favorable a la eugenesia a principios del siglo XX también fue, en su momento, una posición de consenso entre expertos acreditados.

Juzgado según ese criterio popperiano, el “chequeo de salud planetaria” del PIK fracasa desde el primer obstáculo. Sus “puntos de inflexión” —los supuestos umbrales más allá de los cuales los sistemas terrestres cambian irreversiblemente hacia un estado nuevo y debilitado— se tratan a lo largo de todo el informe como hechos establecidos y no como hipótesis controvertidas. Sin embargo, los sistemas de equilibrio grandes y complejos generalmente hacen lo contrario de lo que supone el enfoque catastrofista: cuando sufren una perturbación, tienden a regresar hacia el equilibrio, tal como describe el principio de Le Chatelier. El “punto de inflexión” es una expresión alarmista entre comillas que carece de contenido científico.

El blog científico alemán Klima Nachrichten ha planteado precisamente este argumento contra el PIK, en un análisis resumido y traducido por No Tricks Zone. Su argumento central es que los investigadores del PIK interpretan habitualmente el ruido estadístico normal de los datos climáticos —fluctuaciones naturales e históricamente poco destacables— como evidencia de una catástrofe permanente y acelerada. Según esta interpretación, las “aceleraciones” que informa el PIK no se pueden distinguir estadísticamente de la variabilidad de fondo. La crítica continúa señalando que los “puntos de inflexión” funcionan para el PIK menos como un mecanismo físico demostrado que como un instrumento psicológico: una forma de infundir miedo y moldear las políticas que toma prestado el vocabulario de la ciencia, pero no su rigor probatorio.

Esta no es precisamente una crítica nueva contra la industria de los pronósticos apocalípticos. El Competitive Enterprise Institute ha catalogado más de 50 años de plazos ambientales anunciados con absoluta confianza —hambrunas masivas, agotamiento de los recursos, el “fin del petróleo”, veranos sin hielo para fechas que ya quedaron atrás hace mucho tiempo— que han llegado y pasado sin incidentes. Las predicciones fracasan; las instituciones y los Al Gores que las emiten rara vez pagan un precio en términos de reputación, y el negocio de los pronósticos apocalípticos simplemente anuncia un plazo actualizado. El informe del PIK de 2026 parece ser la entrega de este año de un género que se ha equivocado, repetida y específicamente, durante medio siglo, sin actualizar de manera perceptible sus supuestos previos.

¿Qué les pasa a los alemanes?

La ideología tiene una capacidad casi milagrosa para transformar la percepción que las élites intelectuales tienen de la realidad objetiva y para imponer sus puntos de vista mediante medios de comunicación masivos complacientes que amplifican la ideología hasta convertirla en sabiduría aceptada. La política climática de Alemania ofrece un estudio de caso. En el centro de todo esto hay un peculiar rompecabezas metafísico, muy bien captado por el libro de Rupert Darwall sobre las raíces totalitarias del complejo industrial climático, que merece mucha más atención de la que recibe. El PIK es una institución alemana, y la Alemania actual ofrece uno de los espectáculos más extraños del mundo industrializado. Sesenta científicos alemanes informan al mundo con absoluta confianza que la civilización industrial debe ser frenada después de que el país desmantelara su propia capacidad nuclear y de generación con carbón en un arrebato de fervor moralista, desindustrializando su propia economía, talando bosques teutónicos de miles de años de antigüedad para instalar turbinas eólicas que provocan pérdida de hábitat y matan aves rapaces, y exportando, a través de instituciones como el PIK, una obsesión por el “fin del mundo” al resto de Europa y más allá. Se trata de una civilización industrial que, en su discurso climático oficial, parece haberse vuelto contra sí misma, sacrificando el bienestar de sus ciudadanos en el altar de Gaia.

Adaptación, no apocalipsis

La pregunta que los informes al estilo del PIK evitan sistemáticamente es la pregunta de William Nordhaus: dado un calentamiento real, pero moderado y manejable, ¿cuál es la trayectoria gradual y económicamente óptima de adaptación y fijación de precios del carbono, en contraposición a la exigencia de una transformación inmediata y radical justificada por escenarios “de puntos de inflexión” acientíficos y basados en el peor de los casos? Incluso la pregunta de Nordhaus está exagerada. Como William Happer y W. A. van Wijngaarden demuestran, las bandas de fuerte absorción del CO2 ya están en gran medida saturadas, por lo que cada incremento adicional del gas atrapa mucho menos calor que el anterior, siguiendo una función logarítmica. El marco de los “límites planetarios”, presentado anualmente bajo la apariencia de un “chequeo de salud”, constituye esencialmente un juicio político. El planeta no es un paciente médico y no necesita médicos que prescriban una versión moderna de la sangría como tratamiento.

La ficha clínica de un paciente solo es tan buena como los umbrales que aparecen escritos en ella. Cuando esos umbrales son arbitrarios, infalsables y se renuevan cada septiembre con el mismo veredicto —peor que nunca, pero recuperable si tan solo actuamos ahora mismo—, los lectores harían bien en preguntarse no si el planeta está enfermo, sino si el diagnóstico realmente tuvo que ver alguna vez con el planeta.

Los 60 médicos del PIK son falsos y el catastrofismo nunca pasa de moda; simplemente cambia el membrete.

Este artículo se reproduce de Substack de Tilak Doshi y fue publicado originalmente en el Daily Sceptic el 27 de septiembre de 2026.

Dr Tilak K. Doshi

El Dr. Tilak K. Doshi es el editor de Energía de Daily Sceptic. Es economista, miembro de la CO2 Coalition y excolaborador de Forbes. Sígalo en Substack y X.

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By |2026-10-01T02:11:41-07:001 October 2026|Climate Change|0 Comments

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