El delirio verde de los Demócratas: utilizar la guerra con Irán para redoblar la apuesta por las energías renovables

El delirio verde de los Demócratas: utilizar la guerra con Irán para redoblar la apuesta por las energías renovables

El delirio verde de los Demócratas: utilizar la guerra con Irán para redoblar la apuesta por las energías renovables

Ahora podemos observar una maniobra retórica ya conocida del establishment climático, afirma Tilak Doshi: toda crisis se convierte en una razón para acelerar la transición energética y todo costo inconveniente se atribuye a un compromiso insuficiente con esa causa.

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Los demócratas y el mito de las energías renovables tras la crisis de Ormuz

Estrecho de Ormuz. (Fuente: Shutterstock)

Tilak Doshi
5 de julio de 2026

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Mientras el establishment demócrata estadounidense se ve sacudido por el éxito del ala insurgente de los Socialistas Democráticos de América (Democratic Socialists of America) en la ciudad de Nueva York con un discurso abiertamente comunista, en los últimos meses también ha surgido una facción de demócratas moderados que, discretamente, ha comenzado a distanciarse del activismo climático más apocalíptico, al estilo de Al Gore. «Los liberales deberían apoyar la industria estadounidense del petróleo y el gas», escribió Matt Yglesias en una opinión considerada radical publicada en The New York Times el pasado diciembre. A principios de este mes, también en The New York Times, Lisa Friedman y Brad Plumer informaron que muchos moderados del partido están abandonando el discurso alarmista sobre el clima para centrarse exclusivamente en la asequibilidad, señalando las derrotas electorales de los defensores más fervientes de la agenda climática y el fracaso de varios estados tradicionalmente demócratas para cumplir sus objetivos climáticos.

Frente a unos precios de la gasolina que rondan los 4,55 dólares por galón —frente a los 2,98 dólares antes de que la administración de Trump lanzara su campaña militar contra Irán a finales de febrero de 2026— y una inflación situada en un máximo de tres años del 3,8 %, diversos demócratas moderados o centristas podrían respaldar «una agenda climática menos ambiciosa si el partido vuelve al poder en Washington», según Friedman y Plumer en The New York Times. A medida que la realidad empírica se impone, incluso la gobernadora de Nueva York, Kathy Hochul —durante mucho tiempo una firme defensora de las políticas climáticas y parcialmente responsable de los problemas energéticos del estado— apoya ahora algunos proyectos de gasoductos y el mes pasado redujo significativamente el alcance de la ley climática estatal.

Los fieles del clima no aceptan nada de eso

Un artículo reciente publicado en The American Prospect por su editor sénior, Ryan Cooper, rechaza por completo este giro hacia la moderación. The American Prospect es un medio progresista de izquierda dentro del espectro político estadounidense, «dedicado a promover un debate informado sobre políticas públicas desde una perspectiva progresista», y se define como «una voz independiente del pensamiento liberal». Fue fundado en 1990 por Robert Kuttner, Robert Reich y Paul Starr, explícitamente como respuesta al ascenso del conservadurismo durante la década de 1980, con el objetivo de revitalizar el liberalismo y el progresismo estadounidenses.

El artículo presenta el alejamiento de los centristas y moderados de las políticas climáticas no como un reconocimiento tardío de la realidad económica, sino como un acto de cobardía ideológica. Cooper sostiene que la lección de la crisis del estrecho de Ormuz no es que las economías occidentales sean peligrosamente vulnerables a las interrupciones del suministro de combustibles fósiles, sino que los gobiernos deberían redoblar su compromiso con las energías renovables. La crisis no sería una advertencia, sino una oportunidad.

Se trata de una maniobra retórica habitual del lobby de la energía verde: toda crisis se convierte en una razón para acelerar la transición energética y todo costo inconveniente se atribuye a un compromiso insuficiente con la causa.

Sin embargo, la crisis del estrecho de Ormuz ha demostrado la importancia indispensable de los combustibles fósiles en prácticamente todos los sectores de la economía moderna, y no solo en la red eléctrica, que constituye casi el único foco de las propuestas de The American Prospect. Esto es sumamente importante. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), la electricidad representa únicamente alrededor del 21% del consumo final mundial de energía. El 79% restante proviene de la combustión directa de combustibles fósiles o de su utilización como materia prima en el transporte, el calor industrial, la agricultura, el transporte marítimo, la aviación y la industria petroquímica. Los motores de los aviones no funcionan con energía solar. Los altos hornos y los hornos cementeros no pueden electrificarse a una escala significativa con la tecnología actual. Cuando se cerró el estrecho de Ormuz, fue precisamente ese 79% el que sufrió el impacto inmediato.

QatarEnergy declaró fuerza mayor sobre toda su producción de gas natural licuado (GNL) después de que ataques con drones iraníes inutilizaran el 17 % de su capacidad en Ras Laffan, cuyas reparaciones podrían tardar hasta cinco años. Los precios del combustible para aviación aumentaron más del 50 %. El diésel también se encareció, incrementando los costos de todos los camiones, tractores y buques de carga del planeta. Los precios de los fertilizantes se dispararon debido a que la región del Golfo —responsable de aproximadamente entre el 30% y el 35% de las exportaciones mundiales de urea— quedó prácticamente paralizada, poniendo en riesgo las cadenas de suministro agrícola desde el sur de Asia hasta el África subsahariana. Así es como luce un shock en el suministro de combustibles fósiles: no se trata principalmente de las facturas de electricidad, sino de los cimientos físicos de toda la economía mundial. La receta propuesta por The American Prospect —construir más parques solares y eólicos— aborda, como mucho, una quinta parte del problema. Las otras cuatro quintas partes simplemente no aparecen.

El mito del bajo costo de las energías renovables: el LCOE y sus limitaciones

La primera afirmación del autor es que las energías renovables son más baratas que los combustibles fósiles, una proposición basada casi por completo en el Costo Nivelado de la Energía (LCOE, por sus siglas en inglés), el indicador utilizado por Lazard en sus ampliamente citados informes anuales y repetido como un dogma por periodistas especializados en clima y defensores de las políticas verdes en todo el mundo.

El LCOE no es una herramienta adecuada para ese propósito y ha llegado el momento de dejar de fingir que las energías renovables son baratas. El LCOE solo considera el costo de generar una unidad de electricidad mediante un parque eólico o un panel solar de forma aislada, sin tener en cuenta la red eléctrica a la que suministra esa energía. Ignora por completo los costos que los generadores intermitentes imponen al sistema eléctrico en su conjunto. El propio Lazard reconoce en sus informes que este indicador «no considera la naturaleza intermitente de determinadas tecnologías de energía renovable ni los impactos sobre la red derivados del despliegue adicional de energías renovables», precisamente el aspecto más importante que debería evaluarse.

Como señaló el economista del MIT Paul Joskow ya en 2011, las comparaciones basadas en el costo nivelado constituyen un indicador engañoso para comparar tecnologías de generación intermitentes con tecnologías despachables, ya que ignoran las diferencias en los perfiles de producción y las grandes variaciones en el valor de mercado de la electricidad generada en distintos momentos del día y del año.

Esos costos del sistema que se omiten son considerables y están ampliamente documentados: generación de respaldo despachable disponible cuando el viento no sopla y el sol no brilla; servicios de equilibrio de la red y regulación de frecuencia; infraestructura de transmisión necesaria para conectar parques eólicos y solares alejados de los centros de consumo; pagos por limitación de producción (curtailment) cuando existe un exceso de generación; y los subsidios mediante Contratos por Diferencia (Contracts for Difference) que respaldan la inversión en energías renovables.

La afirmación de que las energías renovables son baratas se basa en una confusión fundamental entre los costos marginales y los costos del sistema. El propio autor lo reconoce de manera involuntaria al admitir que, dado que en la mayoría de los lugares el precio de la electricidad sigue siendo fijado por las centrales de gas utilizadas para cubrir los picos de demanda, «la energía solar y eólica barata no se traducirá automáticamente en facturas eléctricas más bajas». A continuación, sostiene que añadir cada vez más energía solar, eólica y almacenamiento acabará desplazando por completo al gas y generando un ahorro real.

Eso no es una política energética; es un deseo.

La generación despachable —es decir, aquella que puede producir electricidad independientemente de las condiciones meteorológicas— seguirá determinando el precio marginal en cualquier sistema eléctrico que deba garantizar la seguridad del suministro. El almacenamiento mediante baterías capaz de cubrir déficits de demanda de varios días a escala de red seguirá siendo, en un futuro previsible, prohibitivamente costoso. La confusión entre el costo unitario de una planta y el costo del sistema en su conjunto no constituye un simple error analítico. Es la ficción sobre la que se sostiene toda la narrativa de las «energías renovables baratas».

España y Queensland: las pruebas del autor en contra de su propia tesis

Para sostener su argumento, el autor cita dos ejemplos: España y Queensland. Presenta a España como un país que está avanzando a toda velocidad con la energía solar. Esto resulta especialmente desafortunado si se tiene en cuenta lo ocurrido el 28 de abril de 2025, cuando el sistema eléctrico de la península ibérica sufrió un fallo en cascada que provocó la pérdida de aproximadamente 15 gigavatios de generación y un apagón que afectó a decenas de millones de personas. La causa principal, tal como documentó Kathryn Porter y confirmó el panel de expertos de ENTSO-E, fue un fallo de estabilidad originado por la insuficiente inercia de la red, consecuencia directa de operar con la energía solar aportando cerca del 60 % de la generación en el momento del incidente. Los generadores síncronos tradicionales proporcionan inercia rotacional, que amortigua las perturbaciones repentinas de frecuencia y voltaje. Los inversores solares no lo hacen. Cuando las oscilaciones procedentes de un inversor fotovoltaico defectuoso se propagaron por un sistema que ya se encontraba cerca de sus límites de estabilidad, el resultado fue un fallo sistémico a escala continental. La respuesta del Gobierno de Sánchez ha sido redoblar la apuesta por las energías renovables y seguir adelante con el cierre del parque nuclear español. El compromiso ideológico con la transición energética parece ser inmune a la refutación empírica.

Queensland es el segundo ejemplo del autor, donde da a entender que el almacenamiento en baterías ha resuelto el problema de la intermitencia y ha desplazado a los combustibles fósiles como fijadores del precio marginal. Los hechos son bastante distintos. Según el informe de diciembre de 2025 de la Queensland Audit Office, el carbón representó aproximadamente el 63 % de la generación eléctrica del estado en 2024-25, manteniéndose con amplio margen como su principal fuente de energía. El gas «se ha mantenido estable» y «durante las interrupciones en las centrales de carbón, el gas actúa como una alternativa clave».

El Gobierno del estado de Queensland —que conoce su propia red eléctrica bastante mejor que una revista de política pública de Washington— llegó a una conclusión muy distinta a la de The American Prospect. Su Energy Roadmap de octubre de 2025 afirma claramente que «el carbón seguirá operando para garantizar un suministro energético asequible y fiable durante el tiempo que sea necesario», un compromiso que, según sus propios modelos, se prolonga hasta la década de 2040, y describe al gas como «una tecnología esencial para la fiabilidad del sistema y el respaldo de la red a medida que evoluciona la combinación de generación». El recién elegido Gobierno de Crisafulli ha cancelado importantes proyectos de energías renovables, entre ellos Forest Wind Farm, Moonlight Range Wind Farm y el proyecto hidroeléctrico de bombeo Pioneer-Burdekin, además de comprometer 1.600 millones de dólares australianos para mantener en funcionamiento las centrales eléctricas de carbón existentes. Este no es el comportamiento de un gobierno que crea haber resuelto su dependencia de los combustibles fósiles.

Es cierto que las baterías fijan el precio marginal en algunos intervalos de negociación, especialmente al mediodía, cuando la energía solar distribuida inunda la red. Los defensores de las energías renovables han aprovechado esas horas como prueba de una transformación estructural. Pero fijar el precio cuando la producción solar es máxima es muy distinto de proporcionar electricidad fiable durante todas las horas del día y del año. La cuestión crítica es qué ocurre cuando se pone el sol, disminuye el viento o la demanda alcanza su pico en una calurosa tarde de verano. La respuesta, como ha concluido el propio Gobierno de Queensland, es que el carbón y el gas siguen siendo indispensables. Por eso las facturas de electricidad para los consumidores en Queensland aumentaron un 34% entre 2022 y 2025, incluso mientras la capacidad de energías renovables seguía expandiéndose, un hecho bastante incómodo para la tesis de que más energía solar y eólica proporcionan mayor asequibilidad.

La cadena de suministro de China: el riesgo geopolítico que los ecologistas ignoran

El tercer argumento del autor —que los combustibles fósiles son especialmente vulnerables desde el punto de vista geopolítico, mientras que las energías renovables ofrecen seguridad energética— es quizá el más intelectualmente deshonesto. No dice nada sobre las profundas vulnerabilidades de la cadena de suministro del propio sistema de energías renovables. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) confirma que China controla más del 80% de todas las etapas de fabricación de paneles solares. Más allá de los paneles, China lidera la producción refinada de 19 de los 20 minerales clave para la transición energética, incluido el 91 % del refinado de tierras raras y alrededor del 60% del procesamiento mundial de litio y cobalto.

Una interrupción geopolítica que involucrara a China paralizaría el despliegue de las energías renovables desde sus cimientos, y esta no es una preocupación teórica: Pekín ya ha restringido las exportaciones de galio, germanio, antimonio y siete elementos pesados de tierras raras a Estados Unidos. En comparación con el diversificado mercado mundial del petróleo, con múltiples regiones productoras y décadas de infraestructura consolidada, la cadena de suministro de las energías renovables representa una dependencia mucho más concentrada y estratégicamente frágil. Los defensores de las políticas verdes invocan el riesgo geopolítico de manera selectiva: siempre cuando se trata de los combustibles fósiles que desean eliminar, nunca cuando afecta a las cadenas de suministro chinas que ellos mismos están impulsando.

La disonancia cognitiva es profunda. La propia Ley de Reducción de la Inflación (IRA) de la administración Biden estuvo motivada, en parte, por el reconocimiento de que la dependencia de las cadenas de suministro chinas para la transición energética representaba un riesgo estratégico. Sin embargo, al mismo tiempo, como la mayor inversión en clima y energía de la historia de Estados Unidos, la IRA destinó cientos de miles de millones de dólares en subsidios para desarrollar precisamente las tecnologías cuyos componentes críticos deben proceder, en su inmensa mayoría, de China. El autor de The American Prospect, que presumiblemente aplaudió la IRA, no muestra conciencia alguna de esta contradicción. Forma parte del patrón más amplio de razonamiento motivado que caracteriza todo el artículo: el riesgo geopolítico es real y urgente cuando afecta a los combustibles fósiles; es invisible cuando afecta a la alternativa que se promueve.

Los demócratas moderados tienen razón, pero por las razones equivocadas

Hay algo casi conmovedor en la indignación del autor de The American Prospect contra sus colegas demócratas moderados. Los acusa de timidez y falta de determinación por suavizar sus compromisos climáticos ante la preocupación de los votantes por el coste de la energía. Pero ese instinto «moderado», cualquiera que sea su motivación, refleja cierto grado de comprensión de su base electoral. Los votantes que ven cómo las finanzas de sus hogares se resienten por más de 300 dólares adicionales en gastos de combustible desde el inicio de la guerra no están interesados en sermones sobre las ventajas económicas a largo plazo de la energía solar en una red eléctrica idealizada. Quieren energía asequible y fiable ahora. La clase dirigente que ignora esta realidad —como ya ha comprobado el establishment europeo del Net Zero pagando un precio electoral desde La Haya hasta Roma— termina enfrentándose a ella en las urnas. Esa lección es tan aplicable a Washington como a Bruselas o Westminster.

La enseñanza más amplia de la crisis del estrecho de Ormuz —una lección que The American Prospect invierte casi por completo— es que la seguridad energética no puede reducirse a una historia sobre la red eléctrica. El director de la AIE la calificó como «el mayor desafío para la seguridad energética mundial de la historia», no porque unos cuantos parques eólicos dejaran de funcionar, sino porque el mundo depende del petróleo, el gas y el carbón para satisfacer la inmensa mayoría de sus necesidades energéticas: todos los aviones, todos los buques de carga, todas las cosechadoras, todas las plantas petroquímicas y todos los hornos industriales del planeta. Ninguno de ellos será electrificado en un plazo relevante para las políticas energéticas actuales.

Los paneles solares y los aerogeneradores responden, como mucho, a una quinta parte de la demanda mundial de electricidad y, aun dentro de esa quinta parte, no pueden proporcionar energía despachable bajo demanda, como demuestran ampliamente el apagón de España y la red dependiente del carbón de Queensland. En un mundo racional, la crisis de Ormuz impulsaría una reevaluación sobria de la quijotesca «transición energética», prestando atención urgente a la seguridad en todos los sectores energéticos y afrontando honestamente la dependencia de las cadenas de suministro chinas que implica una expansión acelerada de las energías renovables.

En cambio, el establishment climático recurre a su repertorio habitual: activismo, exigencias de subsidios y exhortaciones moralizantes. Puede que los demócratas moderados que se están alejando de esa postura no sean simplemente unos cobardes. Tal vez estén adoptando un pragmatismo mínimo para conservar sus votos. Y eso, en el clima actual —tanto político como meteorológico—, es más de lo que puede decirse de sus críticos.

Este artículo fue publicado en el Substack de Tilak Doshi el 1 de julio de 2026.

Dr Tilak K. Doshi

El Dr. Tilak K. Doshi es editor de Energía de Daily Sceptic. Es economista, miembro de la CO2 Coalition y excolaborador de Forbes. Puedes seguirlo en Substack y X.

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